lunes, 28 de septiembre de 2009

Discurso de un funeral (2do puesto: Un Vicio Absurdo - UL)

Emilia se levantó un poco más tarde que de costumbre. El día anterior había terminado exhausta, porque ya había tomado la decisión. Contra su rutina, no encendió la radio para amenizar la mañana. Con inusual paciencia, sacó del ropero un vestido negro. Inhaló el hedor de la ropa guardada y vigilada por las polillas. Lo contempló durante unos segundos, mientras se preguntaba qué habría pensado él si la hubiera visto con ese atuendo. Tras darse un baño, vestirse y ajustarse los zapatos de charol, verificó cada ventana de la casa, desenchufó los aparatos eléctricos y tomó uno de los dos sobres que estaban en la mesa del comedor, al igual que su cartera previamente revisada. Al mirarse en el espejo ubicado al lado de la puerta principal, se percató de las arrugas que surcaban su rostro. Ensayó la mejor de las sonrisas y se encaminó al velorio.

Las calles se antojaban irreconocibles; sentía que no encajaban ni ella ni su piel. Nadie le daba el acostumbrado “buenos días”. Cómo había pasado el tiempo. Media hora más tarde, ya se encontraba en medio de esas amigas que sólo aparecen cuando hay que vestirse de luto. No sonreía – el ensayo fue en vano – y tampoco podía llorar. El reloj avisó que era mediodía. Aparecieron cuatro hombres enternados que formaron alrededor del ataúd de Mauricio. La mayoría de los presentes se dirigió hacia el autobús en espera. Emilia, acomodada en su asiento, extrajo el sobre de su cartera con cuidado, pues no debía llamar la atención. Leyó el contenido en silencio. Era el discurso de despedida a su amado Mauricio. Lo revisó unas cuantas veces más, hasta que estuvo segura de cuándo volver a abrir su cartera.

El resto del camino fue particularmente silencioso: Los demás asientos cuchicheaban entre sí formando un bullicio apenas audible. Al mismo tiempo, Emilia miraba – sin prestar demasiada atención – los árboles que crecían libres, las casas con jardines, la gente en la calle que caminaba o esperaba impaciente en algún paradero.

Miraba todo ese mundo, apreciado sólo por aquellos que lo conocen. Ese en el que ella estaba sola y del cual Mauricio no había podido despedirse. Sabía que la vida era injusta, mas nunca se le cruzó por la cabeza que la injusticia se presentaría de esa manera. Intentó detener una lágrima para que no se le hincharan los ojos ni se le estropeara el maquillaje. No lo logró y deseó más que nunca que él estuviera a su lado para abrazarla, para decirle que todo estaría bien. Exacto. Sin que nadie se lo dijera, ella sabía que las cosas estarían mejor en un par de horas.

Emilia bajó del autobús, seguida por varios ternos y vestidos negros. Uno a uno se fueron sentando hasta ocupar las últimas sillas, algunos permanecieron de pie. Mientras tanto, se acomodó detrás del podio, sacó su releído papel escrito y dejó su cartera colgando del hombro.
Se dio cuenta de que era el momento, alisó su vestido, carraspeó para tener una voz adecuada, desdobló su arrugado papel, metió la mano en su cartera y miró al público. Este se calló de inmediato, más por curiosidad que por respeto.

Todos los presentes estaban sumergidos en el eco de las palabras de Emilia y notaron muy tarde el objeto entre sus manos. Sin dar tiempo de reaccionar, se introdujo el arma en la boca y apretó el gatillo por segunda vez.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Macedonia

Chicoos! Hoy fui a almorzar a este sitio nuevo y acogedor llamado Macedonia. Lo sentí tan Clan-welcoming que quise contarles acerca de él. Está en el primer piso del monstruoso edificio al frente de mi casa [Chronos]. Cuando nos volvamos a reunir, podemos ir a cenar o algo así... Digamos que su especialidad son los jugoos de fruta! Cualquier cantidad de combinaciones! Y hay unos postres deliciosos! En fin, supongo que con 20 soles alcanza para un jugo y un sandwich. No pongo fecha, es solo un comentario :)